Pintura renacimiento

Pintura renacimiento Las raíces de la pintura renacentista se encuentran en el arte de Giotto, el gran maestro del siglo XIV. La pintura del Quattrocento (siglo XV) se diferencia claramente de la pintura gótica. Desaparece el retablo y por eso se subordina a un conjunto: cada cuadro es un mundo en él mismo, sin ninguna conexión con un ámbito exterior. Sin dejar de tener una presencia constante, los temas religiosos son tratados a menudo como temas profanos. El paisaje, la belleza idealizada de los desnudos, el volumen de las formas y el sentido espacial son las dimensiones cardinales de la pintura renacentista. La luz se trabaja con más perfección, pero en general sirve para resaltar planos. En contraste con las formas planas, el pintor del Renacimiento está obsesionado por captar la profundidad. El paisaje se conrea con pasión, con sus prados primaverales para obtener efectos de profundidad y encuadrar las figuras. La composición en el Renacimiento es complicada, es frecuente que haya diferentes escenas en un mismo cuadro o diferentes figuras principales. La pintura renacentista aparece en el siglo XIV pero su máximo apogeo se produce en el siglo XV y sobretodo en XVI. En este período el color ya se trabajaba de una manera más libre, y por tanto, el dibujo y el contorno pierden la primacía. Las formas, con el claroscuro de sombras y luces, adquieren un aspecto redondeado en detrimento de la apariencia plana; para conseguir el volumen el artista se sirve de muchos recursos, a parte de los sombreados: por ejemplo, el brazo delante el busto en los retratos. La luz en la pintura renacentista adquiere una importancia nueva juntamente con las sombras, casi ausentes de los cuadros del siglo anterior. Durante el Renacimiento desaparece la obsesión por la perspectiva y, no obstante esto, las escenas adquieren una profundidad que parece natural, no una cosa conseguida con esfuerzo. El paisaje es rico en vibraciones luminosas y la primavera y los prados floridos dejan de ser el único encuadre de las figuras; los fondos de boira, las rocas, los crepúsculos, dan cierto matiz romántico a las escenas. La composición es clara, a menudo triangular, las figuras se relacionan con la mirada y con las manos, cada cuadro representa solo una escena o se destaca la acción y la figura principal.

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